Install Steam
login
|
language
简体中文 (Simplified Chinese)
繁體中文 (Traditional Chinese)
日本語 (Japanese)
한국어 (Korean)
ไทย (Thai)
Български (Bulgarian)
Čeština (Czech)
Dansk (Danish)
Deutsch (German)
Español - España (Spanish - Spain)
Español - Latinoamérica (Spanish - Latin America)
Ελληνικά (Greek)
Français (French)
Italiano (Italian)
Bahasa Indonesia (Indonesian)
Magyar (Hungarian)
Nederlands (Dutch)
Norsk (Norwegian)
Polski (Polish)
Português (Portuguese - Portugal)
Português - Brasil (Portuguese - Brazil)
Română (Romanian)
Русский (Russian)
Suomi (Finnish)
Svenska (Swedish)
Türkçe (Turkish)
Tiếng Việt (Vietnamese)
Українська (Ukrainian)
Report a translation problem

Buenos Aires, Argentina
fui a limpiar a una nona re dulce en Belgrano, depto impecable y me dice q su sobrino viene los martes a almorzar.
Suena el timbre, abre feliz: “¡llegó mi sobrino!”. Entra Alberto Fernández en ojotas, jean y camisa, cara de cansado, saluda re educado. Se sienta, la nona le sirve milanesas con puré, yo limpio la mesa al lado.
De repente me mira fijo: “Vos sos la q me pasaste por delante en la fila del súper, ¿no?”. Yo: “no sé, había mucha gente…”. Se pone rojo, se para y grita: “¡ME HICISTE ESPERAR 10 MINUTOS, CONCHUDA!”.
El tipo se queda tipo wtf y agarra un skate viejo que tenía atrás del sillón (de cuando Alberto era chico). Alberto, rojo como tomate, se sube al skate, hace un pop shovit re torpe que le sale mal, choca contra la biblioteca, derriba todo: libros volando, un jarrón se rompe en la cabeza y nada me re fui, quedo todo medio mal en esa casa